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Adiós a Maradona: una crónica sin filtro desde el centro del lamento y el dolor

El periodista argentino Alejandro Seselovsky intentó ir a despedir a Maradona a la Casa Rosada. Este es un texto descarnado de su experiencia en el masivo y caótico velorio del astro argentino.

Redacción ONCE
Lima - 6 diciembre 2020

Y entonces, después de haber avanzado diez cuadras en cuatro horas, nos asalta por la espalda un oleaje de vallas cayendo en dominó, un rumor de hierros reventando contra el pavimento que se vuelve estruendo declarado cuando finalmente nos alcanza. El ancho gusano de gente que éramos hasta recién, al que las vallas le daban pared, pierde su forma, se deshace, y ahora somos personas en pánico huyendo hacia adelante, chocando como los autitos del Parque Rodó. Padres queriendo salvar a sus hijos. Puesteros queriendo salvar sus choris. Amor, caos, furia y devoción. Qué otra cosa podrían ser los funerales de un hombre que vivió entre el amor, el caos, la furia y la devoción.

Todos tenemos el mismo horizonte: el cuerpo muerto de Diego Maradona dentro de un cajón dentro de la Casa Rosada. Tira de todos nosotros, ese cuerpo allá. Así que aprovechamos la volada y, mezquinos, egoístas del dolor, salimos disparados hacia él. Le ventajeo unos metros a uno que venía conmigo y se quedó buscando el celular en el piso. Un gordo con la camiseta de Chicago pechea fuerte y me los ventajea a mí. Pisamos un barro de latas de cerveza y barbijos caídos. No nos importa nada. La compostura del luto la dejamos para cuando se muera Ginóbili. Con vos, Diego, con vos somos animales del amor.

De golpe, como clavando los frenos, el gentío se estanca. Podés ver al de al lado. Y el de atrás te puede ver a vos, pero allá adelante no hay principio y hacia atrás nadie ve un final. Somos puntos detenidos en la incertidumbre de la masa y entonces caemos en la cuenta de que nos necesitamos. Se arman pequeñas comunidades de proximidad y nos traficamos la información que llega desde nuestras casas, capturas de televisión mediante. Nos mostramos las pantallas, las cambiamos como figuritas. Están gaseando a la gente en Avenida de Mayo y 9 de Julio. Parece que llegó la Gendarmería. A las cuatro cierran todo. No, lo estiraron hasta las siete. No, hasta las seis. Estamos en el centro mismo de la soledad del tumulto, huérfanos de un dios que acaba de morir, y desesperados por un zócalo de televisión que nos revele qué sentido tiene estar acá.

—Uuuh, ¿vieron esto?

A uno de los celulares que tengo a la redonda le llega la foto robada del cadáver de Diego en el cajón y la mortaja enmarcándolo con un boludo al lado, empleado de la cochería o símil, mirando a cámara y tirando pulgar arriba. Odiamos ver eso, nos morimos por ver eso.

—¡Qué hijos de puta! ¡Son unos hijos de puta!

Decimos todos mientras nos peleamos por mirar. Alguien me pone la foto frente a los ojos. Atrás tengo gente que me cogotea por encima de los hombros. Antes de enfrentar la imagen, lo que debo enfrentar es la posibilidad de mirarla o no, la impunidad que me entrega el basureo digital. Esa posibilidad acaba de desatar en nuestro baldío interior una batalla entre los ejércitos del morbo, apoyados por la pulsión lacerante de una satisfacción urgente, frente a las pequeñas comandancias del deber y del respeto. Es la misma batalla que debe estar replicándose en los siguientes diez metros cuadrados, y en los anteriores.

El cadáver de Maradona al alcance de un pestañeo, sin símbolo, explícito como una porno, adentro de ese cajón abierto. Y el cadáver de Maradona allá adelante, simbolismo puro, en la honra de un cajón cerrado. Merece la pena pelear contra la tentación de ingerir esta mierda. Yo acá vine a darte las gracias  mi capitán. A ofrecerte mi último respeto. ¿Qué hacemos entonces consumiéndote como un chisme prostibulario? Si alguna vez te hemos consumido así en vida, no merezcamos la miseria de hacerlo en tu muerte. Así que no, está bien. Paso. Tal vez sea una batalla perdida, no voy a mirar eso.

La marea se mueve y nosotros con ella. Nadie puede decidir acá si avanza o retrocede, lo decide una circunstancia que nos supera, de la que no conocemos su naturaleza ni sabemos quién la determina. En un lugar donde la vista no nos llega pasan cosas que nos obligan a ir hacia adelante, hacia atrás, a correr, cosas que nos asustan o que nos tranquilizan. Nada que no se parezca a la vida en sociedad.

En un momento puedo ver, sobre el mar de alfileres que son nuestras cabecitas, 150 metros allá adelante, los balcones de Casa Rosada. Bien, vamos llegando.

Incidentes frente a la Casa Rosada durante el velorio de Diego Maradona. Foto: Reuters.

El que no salta es un inglés

Tenía 16 años el día que Diego salió a ese balcón con la Copa del Mundo en la mano y la besó frente a todos nosotros. Ahora estoy arañando los 50 y vengo a despedirme de él. Porque la vida es eso que ocurre entre un Mundial de Fútbol y el siguiente. En ese balcón, Eva Duarte le habló a sus descamisados y se abrazó conJuan Perón. Toda esta Argentina que está hoy acá es una Argentina paraperonista. No estamos exactamente en un acto partidario, no hay proselitismos, en esta tarde, que no sean los del amor de un pueblo por su más grande animador, sin embargo, esta juntada de la locura y el arrebato que estamos viviendo ahora mismo es una juntada popular, profundamente nacional y popular. Hay otros, pero “el que no salta es un inglés” es el canto primordial.

El trauma de esa guerra perdida. Los años del rencor. El gol de Diego con la mano en México 86, haciendo justicia robándole al ladrón. Y cuatro minutos después, en el mismo arco, el barrilete cósmico enseñándoles cómo se juega al fútbol a los inventores del fútbol. Hay casi 40 años de historia argentina atrapadas en las siete palabras de ese cantito. Por algo se impone.

Segunda caída de las vallas, segundo aluvión del hierro siendo vencido por los cuerpos. Excelente, lo aprovechamos otra vez. Otra vez el bruto pogo, otra vez a ganarse un lugar tirando tres pasos donde el de al lado tira dos. Las pequeñas sociedades de la información que se habían formado ya no le importan a nadie. Cien metros más adelante, en el caso de que vuelvan a ser necesarias, las volveremos a armar. Ahora, corramos que el muerto nos llama.

La fila que había vuelto a formarse sobre un borde de Plaza de Mayo nuevamente se descompone y un hormigueo de gente se derrama hacia el centro, donde está la pirámide. Una mujer con el susto en la cara me pregunta cómo hace para salir de acá. Una parejita se pasa coordenadas por si se pierden. Pero resulta que el caos es la olla donde hierve el caldo de las ideas, y entonces alguien se da cuenta de que esas vallas caídas, puestas de pie, son escaleras.

La valla es una estructura horizontal con rayos perpendiculares que, puesta en vertical, entrega altura y escalones. Así que ahí van cuatro sujetos llevando una. La colocan al pie de la estatua de Manuel Belgrano que mira a Casa Rosada y en dos segundos el creador de la bandera está compartiendo montura con un hincha de Newell’s, uno de Los Andes y una señora de Boca que nos invita amablemente a participar de la fiesta del dolor:

—¡Canten, putos!

Llegan unos peruanos con una bandera de su país. Los peruanos putean a Chile. Eso seduce a una cantidad considerable de argentinos. Todos terminan abrazados, agitando vino en cartón y saltando, una vez más, porque el que no salta es un inglés.

Avanzo. Quiero entrar. Vine a entrar.

Quedamos a treinta metros del ingreso. La cercanía es la suficiente como para verle los rulos a Santiago Cafiero, jefe de gabinete, cuando se asoma por una ventana. Llevamos horas refregándonos entre desconocidos, jugando a la ruleta rusa del COVID, tal vez ya enfermos de él. Uno con la camiseta de Argentinos Juniors grita que aguante el Bicho.

Estamos tan apretados contra las rejas que ya no se puede meter la mano en el bolsillo y sacar el celular. Somos estacas, palotes ensimismados. Si uno de nosotros se desvaneciera seguiría de pie.

Por un rato, que se estira bastante, todo queda inmóvil. Es una calma extraña, deberíamos haber sabido que precedía al desguace. Un pibe con el pelo platinado trepa la reja, como buscando entrar por arriba. Alguien lo ve y lo sigue. La gente que me rodea les grita que se bajen, que la van a pudrir. Los pibes no se bajan. Alguien les tira una botella de agua. Debe estar llena porque viaja fuerte, con peso. Después las botellas son dos. Después ya no se pueden ni contar. Los pibes aguantan ahí arriba, esquivándolas. Cuando lo que vuela es una botella de vidrio, ahí pasamos un cambio.

La presión por entrar aumenta, la reja cede y la casa de gobierno se vuelve territorio tomado. Adentro, sabremos después, unas cien personas cantan a Diego en los pasillos, lo festejan. Ha caído la Bastilla de Buenos Aires, la furia del amor se ha llevado todo por delante. En el patio de las palmeras, el espacio que organiza las galerías interiores de este edificio, ombligo político del poder y la República, hay una fuente que, como nos ha enseñado la Historia, es el lugar donde el pueblo argentino se refresca las patas. Hay coherencia en esa dicha irreverente. Después de todo, la lección de Diego es que el amor es transpiración.

Mientras tanto, afuera, puedo ver desde donde estoy los disparos que el gas pimienta dibuja en el aire. La policía busca los ojos de quienes siguen queriendo entrar y jala. Unos instantes después, un grupo de pibes vuelve desde el frente con la cara reventada, los lagrimales estallados, un brazo extendido para abrirse paso y el cuerpo doblado por la tos.

El viento trae los restos del espray hasta donde estoy y ahora a mí también la garganta se me cierra, los ojos me pican. Sería un buen momento para salir de aquí si no fuera que se trata de Diego Maradona, la última gran muerte de nuestras vidas, el llanto mayor que le quedaba por llorar a mi generación.

Veinte años, veinticinco, ¿cuánto más puede vivir un tipo que hoy está arañando los 50? Ya no tenemos tiempo de fabricar un nuevo dios. Lleva una vida entera construir dioses. Cuando se te muere el que tenías, listo, porque los dioses son criaturas sin sustituto. No me quiero ir de acá porque, en lo que sea que me quede, no voy a tener otro día como este.

La conciencia de este dato nos deja delante de una angustia nueva: si la muerte pública más grande que podríamos vivir ya la vivimos, entonces la única muerte grande que nos queda por delante es la propia.

Lloramos a Diego fuerte porque también nos estamos llorando a nosotros. Cuando esto termine me voy a sentar en las escalinatas del Banco de la Nación y voy a llorar sin pudores, a los gritos. De argentino que soy, voy a llorar. De rabia y de amor.

Llegué a las once de la mañana. Ahora son casi las cinco de la tarde. En ningún momento vi un velorio, acá. Vi dolor, pero no congoja. Y vi mucha celebración. Vi un pueblo celebrándose a sí mismo, a su formidable capacidad para amar a un sujeto. Y claro, vi la celebración del sujeto.

Ya sé que no voy a poder saludar a Diego en su féretro porque el desbande clausuró todo. Pero los tipos que entraron no arruinaron nada. No son Maradona porque no juegan como él. Pero tranquilamente Maradona podría ser uno de ellos.

Algunos empiezan a irse pero el núcleo duro se concentra frente a una puerta lateral. En las rejas no hay ni uno ni dos colgados: hay cientos. Se agarran como pueden, se pisan las cabezas y se sonríen mientras se las pisan, se dedican mutuos “aguante Diego”. En la explanada de salida un grupo de hombres de negro predice el cortejo. Los canales de noticias tienen apostadas las motitos con sus camarógrafos a bordo. En unas horas Diego Maradona será enterrado junto a sus padres en un cementerio de Bella Vista. Estamos frente a la inminencia del adiós.

Se abren las puertas. Sale el coche fúnebre. Hay personas corriendo detrás.

Los más cercanos al futbolista argentino, en el cementerio de Bella Vista. Foto: Reuters.

La Plaza de Mayo se queda con la resaca del tarde. Aguas y Saneamientos Argentinos, Aysa, regaló bolsitas de agua entre la gente y dos pibes buscan las que quedaron por ahí tiradas, sin abrir. Ya llenaron medio bolsón de arpillera con lo que fueron encontrando. Tienen pensando venderlas en algún otro evento. Treinta pesos cada una, le calculan. Son gratis, pero llevárselas todas juntas te dobla la espalda. Me deben ver la cara de sed, porque me tiran una, de onda. Me hidrato. Les pido una bolsita más, para tener. Es que el llanto seca.

Después busco el Banco de la Nación y camino hasta sus escalinatas. Llego, me siento, me acomodo y entonces ahora sí, ahora sí.

Tomado de El País Uruguay 

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