Así comenzó la guerra entre Menotti y Bilardo

El reciente libro “Bilardo-Menotti, la verdadera historia”, de los periodistas Cayetano y Néstor López, reconstruye con pulso de novela lo que ocurrió aquel 5 de julio del ‘83, el día que se abrió la grieta más ancha de la historia del fútbol argentino.

César Luis Menotti y Carlos Bilardo.
Redacción ONCE
Lima - 15 noviembre 2020

Carlos Bilardo no lo podía creer. Lo había leído a la mañana y ya eran más de las diez de la noche, pero seguía sin poder creerlo. César Luis Menotti lo había criticado en una nota que había salido en el diario Clarín por cómo había organizado una gira por España al frente de la Selección. A él, a Bilardo, le dolió mucho esa derrota ante el Valladolid, pero mucho más le dolieron esas palabras del Flaco en un periódico que había apoyado desde sus páginas el estilo de juego del equipo nacional durante los ocho años que fueron desde 1974 hasta 1982. Leyó y releyó aquella entrevista, sobre todo esa respuesta de Menotti en la que decía que los jugadores se conocieron en el avión, jugaron al día siguiente de llegar y así se estaba regalando el prestigio de la Selección. Apenas si pudo dormir un par de horas.

A la mañana siguiente, previsiblemente helada por ser el 5 de julio de 1983, pleno invierno de Buenos Aires, Bilardo saltó de la cama aún con la frase de Menotti en la cabeza. Desayunó con Gloria casi sin hablar y puso en marcha el auto rumbo a Ezeiza. Su Selección estaba dando los primeros pasos y ese martes el plantel estaba citado en el complejo deportivo de la Federación de Empleados de Comercio, muy cerca del actual predio de la AFA que aún no existía. Casi no saludó a nadie al llegar. Lejos de su habitual cordialidad y buen humor con los empleados, el Narigón pasó por el vestuario y se metió en la cancha designada para el entrenamiento. Solo, enojado, clavó la vista en el césped recién cortado que aún conservaba parte de la helada con la que había amanecido y hacía que el verde se confundiera con algunas manchas blancas. Miró hacia la nada y se dijo a sí mismo: “¿Pero cómo puede ser? Si yo nunca lo critiqué mientras él era el técnico de la Selección. ¿Cómo puede ser que haga esto?”. Bilardo sentía una traición, una estocada. Estaba convencido de que Menotti no había sido leal, de que no había respetado los códigos tácitos. Para él era una falta grave y estaba convencido de que no la iba a dejar pasar así nomás.

Se mantuvo alejado del lugar donde los jugadores fueron llegando. Trataban de sacarse el frío con saltos o piques cortos o haciendo bromas con el resto del cuerpo técnico. Cuando Bilardo vio que estaban todos, se arrimó. Con la frente arrugada de la bronca, se paró frente a esa veintena de jugadores que lo miraban lo más quietos que podían, a pesar del frío. Les dijo que quería decirles unas palabras antes de comenzar el entrenamiento y ahí sí, por fin, descargó toda esa bronca que lo estaba quemando por dentro. El vapor que salía de la boca de todos los presentes se esfumaba muy rápido en el aire matinal de Ezeiza, pero el de Bilardo parecía mucho más denso. Ni lo nombró a Menotti. Se refirió a él como “el anterior entrenador”. Con los ojos bien abiertos y algo enrojecidos, contó lo que había salido publicado en el diario apenas veinticuatro horas antes de esa reunión. Les explicó lo que significaban para él esas palabras, les afirmó que ese “ataque” los incluía a todos, les contó que él nunca había hecho una cosa así, les pidió que estuvieran atentos ante este tipo de situaciones, los convenció de que estas críticas les tenían que servir para unirse como en una trinchera, les aseguró que esa era la mejor forma de formar un grupo humano y les prometió que no se iba a callar nunca más, que de ahora en más estaba dispuesto a responder… “golpe por golpe”. Esa fue la frase que utilizó Bilardo ante la mirada de un grupo de jugadores que no se esperaba empezar el entrenamiento de esa manera y ni se imaginaba que estaban presenciando el comienzo de una controversia que estaba a punto de transformarse en la grieta más profunda que alguna vez haya dividido el fútbol argentino en su historia.

La práctica de fútbol posterior a aquella charla fue normal. Bilardo estaba en plena búsqueda de un funcionamiento que todavía no podía meter en la cabeza de sus jugadores. Como esas máquinas que todavía no arrancan del todo bien, el Narigón trataba de aceitar los movimientos que en la cancha se veían trabados, descoordinados. Con el pitazo final, cerca del mediodía, terminó el entrenamiento y los jugadores quedaron liberados. Agotados, física y mentalmente, se fueron yendo rumbo a la ducha caliente que necesitaban para sacarse el frío, reponer fuerzas y desandar el camino a sus hogares. Bilardo se quedó un rato más parado en medio de la cancha, miraba cómo sus colaboradores desarmaban toda la parafernalia de conos, pecheras, redes y pelotas que estaba desparramada por el césped húmedo. Miraba y pensaba. Y también sabía que a lo lejos lo esperaba un grupo de periodistas dispuestos a hablar con él, a preguntarle cómo veía al equipo, a cuestionar —o no— a los jugadores convocados, a intentar saber cómo seguía esa semana de entrenamientos. Pero él no quería hablar de eso. El Narigón solo quería empezar a cumplir con lo que les había prometido a sus jugadores. Estaba a punto de comenzar el “golpe por golpe”.

Quizá sorprendidos, los periodistas se mostraron muy complacidos por la disposición del entrenador de la Selección a hablar con ellos. Algunos tomaron sus libretas de apuntes en una mano y la lapicera en la otra, otros apretaron el rec del grabador, no había teléfonos celulares ni sala de conferencias ni nada de eso. Ahí parados a un costado de una de las canchas del complejo deportivo rodearon a Bilardo y empezaron a escuchar las frases más fuertes que alguna vez dijo Bilardo en contra de Menotti. “Es fácil hablar desde afuera. El que quiera volver… que vuelva y hable desde aquí. Además, no entiendo a los que se titulan hombres de izquierda y andan a los abrazos con los militares”, arrancó su monólogo el Narigón. Los periodistas no podían creer que estuvieran ante semejante declaración. Decir esa frase en julio de 1983 era una declaración de guerra. Faltaban pocos meses para que la Argentina volviera a la democracia, después de siete años oscuros de una dictadura sangrienta y asesina. El pueblo estaba empezando a conocer las atrocidades que habían ocurrido durante esa dictadura: el terrorismo de Estado, las desapariciones, las torturas, los centros de detención. Bilardo sabía que le estaba clavando una espada en el corazón a Menotti. En ese momento, decir que alguien había estado «a los abrazos» con los militares era desprestigiarlo y herirlo en lo más profundo de su ser. Y más a un militante de izquierda como Menotti. Sin dudas, esas palabras no fueron espontáneas. Bilardo había pensado muy bien qué decir, quizá durante la noche de insomnio, quizás a lo largo de todo el día desde que leyó el diario. Y se despachó a gusto.

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