El año en que Garrincha dribló a la psicometría

En 1958 la selección brasileña experimentó nuevas técnicas de la psicología deportiva, ese año Garrincha fue catalogado como deficiente mental.

Redacción ONCE
Lima - 7 febrero 2021

Brasil acudió a Suecia 1958 con una de las organizaciones más científicas —si no la que más en absoluto— que habían podido verse en un campeonato de selecciones. El proceso de configuración del equipo contó incluso con uno de los primeros psicólogos que aplicó dicha ciencia al campo del deporte, el insigne João Carvalhaes, quien también acompañó al conjunto en su viaje a Europa como garante de que no se repetirían los acontecimientos que derivaron en la tristemente célebre «Batalla de Berna».

En aquella ocasión el partido de cuartos de final que les había enfrentado contra los «Magiares Mágicos» acabó con ambos combinados en el vestuario húngaro, intercambiándose botellazos y con el seleccionador brasileño, Zezé Moreira, estampando una bota en la cara de su homólogo europeo, según parece en represalia por un salivazo fugado desde los labios de uno de los atletas del este. Fueron necesarios hasta veinte minutos para que la policía suiza diera por finalizada la reyerta.

Brasil y Hungría, batalla de Berna.

Como marca la tradición la prensa brasilera culpó al árbitro, el británico Arthur Ellis, de la derrota, achacándole un uso abusivo de su autoridad y convirtiéndole durante meses en el enemigo público número uno. La comisión técnica brasileña en cambio optó por un enfoque menos visceral y determinó que, ante la imposibilidad de actuar sobre el criterio arbitral, se dedicarían a evaluar las variables metodológicas que hubiesen podido influir en esta desagradable experiencia, cuyo doloroso efecto se vio sin lugar a dudas multiplicado por el entonces cercano recuerdo de la derrota en Maracaná ante Uruguay.

Finalmente se diagnosticó que la preparación emocional del equipo había sido errónea. Los jugadores fueron clasificados de excesivamente temperamentales, emocionalmente vulnerables y faltos de la preparación psicológica que requería un campeonato mundial. Supuestamente esta falta de autocontrol provocaba que la excesiva responsabilidad derivase en miedo, siendo los jugadores de raza negra la principal diana de estas acusaciones para las que incluso se acuñó un síndrome, el complejo de «perro callejero», definición atribuible al periodista Nelson Rodrigues. En un reciente artículo revisionista, el columnista João Máximo reflexionaba que los jugadores del Brasil, presas del furor patriótico, acudieron a aquel partido de fútbol para defender a su país como si este fuese a entrar en una guerra.

Este «temor al miedo» de los estamentos federativos fue respondido con un aumento de la disciplina y de la organización meticulosa y científica. Se pretendía no dejar nada al azar. Esta fue la motivación por la cual el médico oficial del equipo y confesor de facto de los jugadores, el Doctor Hilton Gosling, invirtió cientos de kilómetros hasta encontrar el lugar de concentración ideal —entre las arboledas de Hindas (Goteborg)—, o por la que controlaba obsesivamente la alimentación temiendo una intoxicación, extremo para el que recomendaba alimentarse exclusivamente de bocadillos de camino a los encuentros.

Doctor Hilton Gosling y Pelé.

De cara a tecnificar también el proceso de selección de jugadores, se integró en la seleçao a João Carvalhaes, psicólogo del «Sao Paulo» campeón regional Paulista en 1957. Se aseguraba que el entrenador Béla Guttmann había aceptado una sugerencia de Cavalhaes de apostar por un jugador, al que valoró como psicológicamente más preparado que el escogido de inicio por el técnico húngaro para afrontar el partido decisivo por el título. El jugador en cuestión cuajó una gran actuación y contribuyó decisivamente a la victoria.

El presidente da la Confederação Brasileira de Desportos (CBD), João Havelange, había confiado en su adjunto Paulo Machado de Carvalho, empresario paulista de gran éxito, la organización del equipo nacional y fue este quien tomó la decisión de contratar a un profesional para realizar una batería de pruebas psicotécnicas de evaluación. Práctica en auge desde su introducción en el mercado laboral durante el inicio de la industrialización del país en los años 30.

Una comparación estadística de los futbolistas (muestreo de 67 jugadores) con los integrantes de otros gremios había llevado anteriormente a Carvalhaes a concluir que la adecuada práctica del fútbol exigía mayor inteligencia promedio que la requerida por otros grupos de profesionales (mecánicos, electricistas, oficinistas, artesanos, mensajeros o chóferes de autobús). Así que aparentemente una buena inteligencia correlacionaba con un buen desempeño deportivo. Se procedió a pasar un test de inteligencia (Army Test) a los jugadores seleccionados por Vicente Feola. Se trataba de una prueba de origen militar, destinada al reclutamiento, y con la ventaja de estar adaptada de cara a poder efectuar su pasación a analfabetos. Tras su corrección se presentaron los resultados en una reunión con el comité técnico en la que el jugador Mané Garrincha fue señalado como el atleta de menor competencia intelectual.

Antes de viajar a Suecia se apostó por completar los exámenes con la pasación del Test de la Figura Humana y el de Psicodiagnóstico Miokinético (PMK), continuándose el trabajo de evaluación incluso durante la celebración de la Copa del Mundo, según el propio Carvalhaes de cara a poder «asesorar, orientar y apoyar mejor a los deportistas» (sic).

La importante controversia posterior nace de las valoraciones, rayanas en lo insultante, que el psicólogo efectuó sobre dos futbolistas que tuvieron luego un peso importante en el equipo, Edson Arantes do Nascimento «Pelé” (17 años) y otra vez Mané Garrincha (25 años). El primero fue calificado de «adolescente inmaduro»«obviamente infantil» y «carente del espíritu de lucha necesario»; quedando para el segundo la peor parte al ser tildado de «deficiente mental»«indisciplinado» e «irresponsable». Desaconsejando que cualquiera de los dos jugase. A Mané no le beneficiaba que en un partido de preparación en Italia, tras driblar a toda la defensa del AC Milan, optase por esperar en la línea de meta el retorno de uno de los defensores para poder volver a driblarlo y, esta vez sí, marcar un soberbio gol.

Pese a los malos augurios el desempeño de Pelé y Garrincha en los entrenos era tan formidable que una delegación de jugadores, presidida por Nilton «La Enciclopedia» Santos, instó a Feola a incluirlos en el equipo contra el combinado soviético [1]. Huelga decir que la actuación fue tal que al acabar el partido el defensor de Garrincha, Kuznetsov, se dirigió descompuesto a los periodistas rogándoles que le consiguieran asilo político en alguna embajada, puesto que tenía miedo a volver a Moscú tras haber sido tiranicamente ridiculizado por un cojo [2].

Pelé y Garrincha.

Posteriormente, numerosos articulistas cargaron contra la figura de Carvalhaes y por extensión a la de la psicología aplicada al deporte, argumentando en virtud del mal uso que se dio a los instrumentos de diagnóstico. Sin duda hubo una falta de comprensión por parte de Carvalhaes de las habilidades particulares presentes en el juego. No en vano él provenía del mundo del boxeo y en el terreno futbolístico era primordialmente un neófito. Sus métodos de evaluación no estaban diseñados acorde con el campo de desarrollo del trabajo, no contemplando que un sujeto puede alcanzar su madurez personal y estar lejos de su mejor momento como atleta, al carecer de la calidad física que le permitía destacar en ese ámbito.

Sin embargo una parte de la crítica, identificable en figuras tan populares como Dante Panzeri, lo que en realidad parecía deplorar era la industrialización del fútbol. La tecnificación del deporte les remitía al proceso por el que se sustituyó al artesano (artista) por la producción en masa (industria). La búsqueda de la predictibilidad y la replicabilidad era entendida como el opuesto al talento innato y al proceso alquímico que forja casi misteriosamente a los grandes equipos, un juego de extremos en los que la seriedad se percibe como el antagonista de la libertad y la técnica lo que aplasta el espíritu humano.

El Mundial de mil novecientos cincuenta y ocho no acabó con los prejuicios sobre disciplina y tecnificación, pero si con los del racismo, puesto que el torneo puso en el mapa a los crioulos (mulatos). Irresistibles primero para las jóvenes suecas [3] y luego para todo el mundo. La psicología deportiva en cambio recibió un duro embate en su credibilidad, aunque el doctor José Augusto Evangelho Hernandez hace notar en su ensayo sobre el tema [4] que si bien los tests aplicados por Carvalhaes no fueron eficaces de cara a evaluar competencias futbolísticas, si que alertaban sobre la fragilidad de un Mané Garrincha que moriría de cirrosis hepática a la temprana edad de 49 años tras haber malgastado todo su dinero.

Tomado de Ecos del Balón.

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