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¿Quién fuiste, Johan? (Parte IV)

Johan Cruyff y Pep Guardiola en el Barcelona.
Redacción ONCE
Lima - 28 marzo 2021

La 1991/92 determinó como única y exclusiva meta levantar la primera Copa de Europa. Por eso la trayectoria en Liga fue tan sumamente irregular, a pesar de que el proyecto había sumado dos efectivos de enorme relevancia para el presente y para el futuro, el canterano Pep Guardiola y el mallorquín Miguel Ángel Nadal. Guardiola era un mediocentro frágil y lento que movía la pelota a un ritmo que la dotaba de invisibilidad. Se albergaban serias dudas sobre su papel en defensa; más si cabe considerando que el 3-4-3 de Cruyff se seguía desabrigando sin prisa pero sin pausa: Ferrer se había asentado como lateral y subía tanto y hasta tan arriba como los carrileros propios de un 5-3-2. Sin embargo, Cruyff aplicó su lógica, se la explicó a Guardiola y aquel enclenque la comprendió como si le entendiera de verdad. O sea, Guardiola no realizaba un acto de fe; no lo necesitaba, su mente procesaba las razones casi al ritmo de la del holandés. “Defender es relativo. Depende del espacio. Cualquiera puede defender medio metro cuadrado, y cualquiera sufriría defendiendo 55. Jugamos en un 3-4-3; tienes dos interiores justo por delante de ti, uno a tu izquierda y uno a tu derecha. Lo único que tienes que hacer es colocarte, en función de ellos, de aquella manera en la que menos espacio te corresponda custodiar”. Y Makelele no era, pero bastaba. Y de sobra.


“Cruyff comenzó a recolectar los frutos del «árbol de la suerte» que él había plantado.”


No descubriremos ningún desenlace: el Barça ganó la Copa de Europa y repitió en Liga. Ambos triunfos con mucha, mucha fortuna. Para usurpar el primero, requirió un milagro de Bakero en Alemania que, atendiendo al análisis riguroso, el equipo no mereció. El súper físico FC Kaiserslautern lo sacó de la pista y creó ocasiones como para golear. Y en Liga, necesitó de aquella remontada del Tenerife ante el Madrid en la última jornada para adelantar “in extremis” a la vieja, pero orgullosa, Quinta del Buitre. Ahora bien, mal se haría depositando los motivos de esta suerte en la mera casualidad. Aquí conectamos con los primeros párrafos de este texto: el papel de protagonista del cuento conlleva acontecimientos inesperados que siempre se resuelven a favor. Algunos lo llaman “justicia poética”, pero no es tan lírico. Es algo más sólido y está más al alcance de quien lo busca: es el poder de la energía positiva. El lector de este texto también puede invocarlo si quiere.

Después del éxtasis, vino una campaña de recesión. Se ganó la Liga, y exactamente del mismo modo que la anterior, con victoria del Tenerife en Tenerife frente al Madrid en la última fecha del campeonato, pero no se compitió en Europa y no gustó tener que ir tan al límite en España cuando, en realidad, el Barça tenía un potencial que desarbolada por cualquier costado al caduco proyecto merengue. Cruyff achacó las circunstancias a la relajación de sus estrellas, y se pasó semanas y semanas trabajándose su gran sueño: el fichaje de Romario da Souza Faria. Le recompensaría firmando nueve meses de antología inolvidable.

1993/94 fue la temporada de los cuatro extranjeros cuando sólo podían jugar tres juntos. Y el tema era que los cuatro del Camp Nou (Koeman, Laudrup, Stoichkov y Romario) estaban considerados entre los 10 mejores jugadores del mundo. La obligación de dejar a uno en la grada en cada jornada, según los cálculos de Cruyff, fomentaría la competencia y aumentaría el nivel de los susodichos, pero quizá se excedió de optimista. La tensión ambiental fue algo realmente insoportable, él mismo lo describía como una guerra abierta, y le echaba la culpa al entorno: “He tenido que hacer esto porque los habéis dormido con vuestros elogios”. Quizá por este motivo, un Deportivo de la Coruña que competía muy bien pero que, al fin y al cabo, estaba lejísimos del que era, con una diferencia abismal, el equipo más talentoso de Europa tuvo la opción de arrebatarle la Liga si Djukic hubiera marcado en Valencia aquel penalti en el último minuto de la última jornada. Dicho lo cual, el título de esta serie se pregunta quién fue nuestro héroe, y en esta campaña estuvo desatadísimo, así que vayamos a la nuestro.


“Ferrer y Sergi proporcionaron otra dimensión a la salida desde atrás y al ataque del equipo.”


La defensa más habitual se componía de Ferrer, Koeman y Sergi. Dos laterales ultra ofensivos y un líbero de 31 años sin físico de futbolista que se quedaba solo, literalmente solo, en muchísimos momentos. La lógica de Cruyff, de nuevo, simplificaba lo que aparentaba complejidad: “Si el Chapi y Sergi suben, pueden pasar dos cosas: que nadie los siga y hagan la jugada de gol, o que el extremo rival baje con ellos y no esté arriba para atacar a Koeman”.

Aparte, también fue la campaña más versátil de sus tres piezas maestras: Goikoetxea, Eusebio y Nadal. El primero, extremo natural bendecido por un desborde y una rapidez de vértigo, se transformó en su herramienta GOIKO, UN ATACANTE, SE CONVIRTIÓ EN SU GENTILE más empleada para realizar marcajes al hombre. Su velocidad y el hecho de que él representaba precisamente el perfil de futbolista al que iba a cubrir le otorgaban, según Cruyff, las cualidades ideales. En el famoso 5-0 del hat-trick con cola de vaca de Romario, Goiko comenzó el Clásico como lateral izquierdo -con Sergi de extremo-, debido a que el madridista Luis Enrique constituía la principal amenaza merengue y arrancó en el ala diestra. Pero tras la lesión de Alfonso, que aquel día empezó de extremo izquierdo en el 4-5-1 de Benito Floro, Luis Enrique se cambió hacia ese lado, lo que provocó que Goikoetxea hiciera lo propio. Como reajuste, Sergi bajó y se puso de lateral, y Ferrer, que empezó de lateral, subió y se puso de extremo. Y Stoichkov trocó su costado.


“Nadal fue uno de los futbolistas más apreciados y rentabilizados por el alquimista holandés.”


Nadal, por su parte, personificaba el recurso físico. Genéticamente venía del futuro, se asemejaba a estos centrocampistas de hoy que unen técnica y despliegue destacando en los dos apartados; y Cruyff le asignaba tareas que, en lo territorial, eran casi exageradas. Por ejemplo, en el calificado como partido más brillante del “Dream Team”, el Barça 4-Dinamo Kiev 1 de aquella Copa de Europa, Nadal ejerció de interior derecho con balón y de… ¡central izquierdo sin él! No en términos rigurosos, pero sí en los prácticos. La idea estribaba en que bajase hasta la altura de Koeman cuando los de Rebrov pasasen al ataque para formar línea de cuatro y elevar la solidez, pero como Ronald prefería el sector derecho porque su acción favorita era el pase diagonal hacia su número “11”, el reparto de espacios quedó de esa manera.

Ante los ucranianos el Barza de Cruyff vivió una remontada inolvidable con gol decisivo de Koeman.

Y qué podemos contar de Eusebio Sacristán, un interior asociativo que fue empleado indistintamente como lateral derecho (contra el Valencia, para ganar control en salida y desahogar a Koeman y Guardiola) o como extremo izquierdo, como en la vuelta de la Supercopa frente al Zaragoza del verano siguiente en la que se le asignó la tarea de custodiar a Belsué, que, inspirado por Víctor Fernández, había destrozado al Barça en la ida de La Romareda. Cruyff respetaba mucho a aquel Zaragoza. No en vano, incluso formó una línea de cuatro (Ferrer, Nadal, Abelardo, Sánchez Jara) para tratar de frenar, esa vez sin éxito, al Paquete Higuera.

Antes ya se había producido la fatídica noche de Atenas, en la que el joven AC Milan de Fabio Capello arrasó a un Barça desdibujado al ritmo de Marcel Desailly; una derrota sonada que se identifica como el final FALLÓ EN SUS ÚLTIMOS FICHAJES DE EXTRANJEROS de la plantilla campeona. Zubizarreta abandonó la entidad, Laudrup se marchó al Madrid tras declarar, en público, que no soportaba más a Cruyff y Romario se tomó varias semanas de vacaciones sin el consentimiento del club que terminaron precipitando su prematura salida. Cabría señalar que el holandés supo recomponerse, y que apoyado en la generación conocida como “La Quinta del Mini”, la primera que floreció en La Masia bajo el sol de su influencia y de la remodelación que hoy distingue al Barcelona tanto o más que el mismísimo Leo Messi, diseñó un equipo que, por instantes, practicó un fútbol primoroso. Que le pregunten al FC Bayern Múnich. Pero le faltaban esos futbolistas capaces de marcar la diferencia. De Romario, Laudrup y Stoichkov al precioso pero escaso rumano Hagi había un trecho excesivo, y el fútbol es de los futbolistas. No se celebró ningún título.


“Cruyff quería reunir con Figo a los jóvenes Giggs y Zidane. También le interesaba el portero Molina.”


No obstante, las bases quedaron sentadas y, además, con una firmeza que no se escapaba ni a nuestros incapaces ojos, así que estaba por servirse un nuevo proyecto imperial. En la denominada como “Reunión de los Sándwiches”, Cruyff pidió tres extranjeros que, consideraba, volverían a dar el salto de calidad que se había extraviado: Ryan Giggs, Zinedine Zidane y un tercero nunca revelado (se habló de Aaron Winter, David Ginola, Rui Costa e incluso Dennis Bergkamp). Una cita a sus espaldas entre el club y Bobby Robson que se filtró en los medios de comunicación desató su ira y decantó su marcha. Para no macharse nunca.

Los valientes que hayan alcanzado la última palabra de este artículo de dos partes quizá puedan hacerse una idea -remota- de quién fue aquel hombre llamado Johan. Pero la única manera de responder dicha pregunta con verdadera precisión consiste en contestar, simplemente: una idea llamada Cruyff. Porque, al no haber habido nada ni cercanamente parecido, cualquier frase que se le dedique entra en el terreno de lo metafórico, y es difícil que así nos entendamos las personas como nosotros. Así que, de antemano, léase nuestra disculpa.

Tomado del portal Ecos del balón.

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