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Ricardo Gareca, el hombre que merece gratitud

Logró la clasificación de Perú al Mundial después de 36 años. No cree en figuras pero sí en cábalas. A pesar de no contar con estrellas en la blaquirroja ha consolidado una selección que pelea por el boleto a Qatar 2022.

Umberto Jara
- 11 julio 2021

Ricardo Gareca llegó a Perú en marzo de 2015. Nunca había dirigido una selección nacional. Seis años después, exhibe una clasificación mundialista, un sub-campeonato de Copa América, tres semifinales de Copa América. Lo increíble es que esos logros muy importantes los ha conseguido con un equipo que no tiene grandes figuras internacionales, en un país que tiene uno de los más deficientes torneos locales del mundo, con futbolistas que no integran equipos de élite en las ligas europeas. En el camino, dos de sus mejores jugadores —Paolo Guerrero y Jefferson Farfán— empezaron a tener largas paras productos de lesiones a causa de su veteranía y, sin embargo, Gareca siguió armando un equipo con nuevos nombres que no forman parte de los grandes titulares de la prensa deportiva. Si queremos ponernos fantasiosos, podríamos decir que es un hombre que sabe sacar agua de las piedras o calificarlo de mago dotado de poderes sobrenaturales. Afortunadamente, Ricardo Gareca no ingresa en esos calificativos. Es, en realidad, un extraordinario director técnico, un profesional que tiene un conocimiento superlativo de su oficio que, sin duda, tiene que ver con la sabiduría.

Junto a sus virtudes como director técnico se encuentran los rasgos de su carácter que tienen que ver con la serenidad y la inteligencia para no dejarse envolver por la vanidad y el fulgor que generan los aplausos de todo un país. Esos rasgos son, sin duda, parte de ese secreto que él conoce en su intimidad para encontrar las fórmulas que hacen posible que construya tanto a partir de modestos recursos.

Acaso una de las explicaciones al fenómeno Gareca, se encuentre en las experiencias de su vida personal que le fueron dejando enseñanzas que supo procesar de manera adecuada para llegar a convertirse en un hombre sereno capaz de construir proezas sin tener el material que otros tienen. Si revisamos su vida, encontraremos que en una vieja edición de la revista deportiva Goles, publicada en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1981, existe una entrevista realizada por Osvaldo Ardizzone, una leyenda del periodismo argentino, a un muchacho de veintitrés años, centrodelantero en el Boca Juniors de Maradona. En la foto de portada aparece con la prestigiosa casaquilla azul y oro; se le ve con el pelo abundante, un airoso flequillo sobre la frente y una ligera barba rojiza como si esa mañana, antes de ir a la cancha a cumplir sus deberes de goleador, le hubiese dado pereza acicalarse. En las páginas interiores está de pie, alto, con la sonrisa de adolescente junto con sus padres.

Gareca con la camiseta de Boca Junios.

Lo llamativo de la entrevista es la personalidad del joven llamado Ricardo Alberto Gareca. Cuando Ardizzone le pregunta qué opina de aquellos que lo tildan de agrandado, responde: «No me interesan, ni siquiera los tomo lo cuenta. Yo creo en mí, y entonces puedo parecer agrandado. Pero no invento nada. Si no creyese en mí, ¿acaso podría seguir jugando? A mí me interesa lo que piensan de mí mi viejo, mi mamá, mi hermana, mis amigos, mi gente. Yo sé quién soy y con eso me alcanza». En los años siguientes no hubo ninguna variación, el adulto siguió teniendo la misma fe en sí mismo, la confianza en sus capacidades, los pies bien puestos sobre la tierra y la constante referencia a sus afectos personales; siempre lejos de la multitud, del tumulto, del engreimiento que generan los flashes.

Gareca es un personaje que tiene el difícil atributo de la coherencia. Los conceptos básicos que tenía a los veintitrés años los sigue suscribiendo, con sus actos, a sus sesenta y dos de hoy: «La fama no significa nada o, en todo caso, muy poco porque cuando uno desaparece, la fama desaparece con uno. Es lo más pasajero que hay en la vida». En estos años en los que ha convocado el aplauso unánime de millones de peruanos y los elogios internacionales, no ha sucumbido un ápice a las tentaciones de la vanidad. Fue formado por las lecciones de su padre, don Alberto Gareca, trabajador de tempranos amaneceres y jornadas largas, y su madre, doña Leonor Nardi, optimista y esmerada en el laborioso oficio de convertir a sus hijos Graciela y Ricardito en buenos pibes, allá en la sencilla casa del poblado de Tapiales, en la provincia de Buenos Aires. Esa crianza le hace decir con orgullo que «cada cual es como es, como está construido, como se educó, como fue su casa, los amigos que tuvo. A mí me halaga triunfar en mi profesión, pero sé que se viene al mundo para otras cosas también».

Gareca con América de Cali.

Si hubiese un dato que elegir en la historia de vida de Ricardo Gareca, tal sería el de su capacidad para enfrentar las adversidades con fortaleza y con calma. Nada le fue fácil. Desde los once años y durante más de una década recorrió, una a una, todas las categorías en las divisiones inferiores de Boca pero no lo hicieron sentir como patrimonio del club y tras debutar como profesional, el 20 de septiembre de 1978, se tuvo que ir a Sarmiento de Junín. Jugó treinta y tres partidos y se convirtió en el goleador del modesto equipo provinciano. En la casa boquense se dieron cuenta del hijo que habían descuidado y, a pesar de que el préstamo era por un año, lo recuperaron apenas a los seis meses de su partida para incluirlo en la oncena de aquel Boca Juniors que, el año 1981, tenía en todo su esplendor a Diego Armando Maradona. Ese mismo año 81, la dirigencia le pinchó el sueño europeo. El Atlético de Madrid puso sobre la mesa cuatrocientos mil dólares de ese entonces para llevárselo, pero Boca dio largas a la operación y todo se esfumó. «¿Sabe cuánto me perdí nada más que por el porcentaje del quince por ciento del pase, sin contar el sueldo? Sesenta mil dólares. Ya teníamos todo dispuesto en la familia. Me casaba, nos íbamos con mi novia, se casaba mi hermana y después todos nos íbamos a Madrid para vivir juntos. ¿Se da cuenta el perjuicio que me provocó a mí esa situación? Al fracasar el pase, me fracasó todo». Pero siguió adelante.

El ‘Tigre’ llevó a Perú al Mundial después de 36 años.

Pasó de Boca a River en una operación tempestuosa que dio lugar a que la hinchada de Boca le dedicara un terrible canto: «Gareca tiene cáncer, se tiene que morir». Después, se embarcó a Colombia para ser ídolo del América de Cali en el brillante ciclo que significó lograr, entre 1985 y 1987, dos títulos nacionales colombianos pero también tres subtítulos de Copa Libertadores, tres veces sin lograr el campeonato. En 1987, en medio de aquel fulgurante período colombiano, le tocaría vivir su experiencia más amarga en el fútbol: fue excluido del plantel de la selección argentina que lograría el título de campeón mundial en México ’86.

 El gol de Gareca que eliminó a Perú del Mundial México ’86.

«Mi carrera deportiva tuvo mucho de todo: muchos aplausos, muchos goles y muchos insultos. Logré que se pusieran de acuerdo los hinchas de Boca y de River: que me putearan los dos. También me silbaron en mi debut con la selección. Igual hay cosas que a uno lo terminan haciendo más fuerte; para mí, todas las experiencias sirven y a través de los uno se va curtiendo».

Las etapas de éxito y caída le sirvieron a Gareca para formar lo que él llama el carácter. «Yo creo que lo más importante del técnico es armarte de carácter, el carácter lo forjas ante la adversidad. Y cuando uno tiene una mala decisión, siguen habiendo malas decisiones, es en cadena. Entonces el éxito del técnico radica mucho en tomar buenas decisiones y radica mucho también en soportar cuando las cosas vienen mal. Y cuando le haces frente a las situaciones malas, tú mismo te estás forjando un carácter».

El DT de la selección vistió las sedas de River y Boca.

Ese carácter tiene mucho que ver con un rasgo de su personalidad: su serenidad y autocontrol. El origen del sorprendente equilibrio de Gareca, en situaciones cargadas de tensión o en los momentos de desborde emocional, proviene de su aprendizaje de vida. «Todo esto es tan cambiante… Cuando ganamos el ascenso con Talleres, enseguida nos consolidamos en primera, ganamos la Conmebol y pasé a ser uno de los candidatos para dirigir a Boca, y después… volví al Nacional B. Por eso, mi respuesta es que vivo el momento. Y no me va a sorprender ni debilitar si la cosa no me sale bien, porque de estos reveses tuve muchos en mi carrera, estoy acostumbrado. Por ahí no se acostumbran los que viven en el éxito y entonces un revés los bajonea, pero como yo siempre la peleé y todo me costó demasiado en mi carrera, no pasa nada. Por eso, uno de mis orgullos es que, en un ambiente tan competitivo como el del fútbol, supe resolver los problemas puertas adentro y no entré en conflictos con nadie. No es fácil. Eso me pone orgulloso».

Para uno de sus hombres de confianza, el profesor Néstor Bonillo, la templanza del carácter de Gareca es fundamental para que los jugadores se liberen de ansiedad y sientan confianza en quien los dirige. Si un técnico transmite tensión o se enreda en polémicas, termina perjudicando a los futbolistas. «Ricardo está cada vez más sereno. A veces se pone intranquilo, pero tiene la capacidad de mostrarse siempre equilibrado y seguro. Es un ser humano y tiene momentos de tensión, de preocupación, de ansiedad, pero se controla de una manera inigualable. No creo que haya muchas personas que puedan mantener tanta ecuanimidad en momentos complicados. Su preocupación central es el trabajo y no ocupa su tiempo en otros asuntos».

Néstor Bonillo y Ricardo Gareca.

Entre las diversas clasificaciones del estilo de técnicos, hay una muy interesante que realiza el analista deportivo del diario El País de España, José Sámano. Señala que existen dos tipos de técnicos: aquellos que administran el éxito obtenido y aquellos que entrenan día a día para tener y mantener el éxito. Esto significa que existen técnicos que se aferran al equipo que han logrado conformar y lo respaldan rotundamente. Más aún, si el equipo tiene éxito, el técnico trata de seguir con los mismos jugadores. En cambio, existen los técnicos que para mantener la llama encendida modifican sus planteles, no se entregan a sus estrellas, no se dejan capturar ni por las capacidades ni por el prestigio ni por los logros de sus jugadores. Cambian e incorporan a algunos jugadores para generar competencia interna. Los mejores en este estilo son dos genios de la dirección técnica: Johan Cruyff y Pep Guardiola. Con ellos, manifiesta Sámano, «el éxito no se gestionaba, se entrenaba día a día cayera quien cayera».

Ricardo Gareca milita en las filas de Pep Guardiola: el 2016 decidió borrar a las «figuras» del plantel, fijó nuevas reglas de trabajo, estableció las concentraciones y puso como prioridad innegociable el concepto de equipo. En este 2021, tras un mal inicio de las Eliminatorias Qatar 2022, utilizó la Copa América Brasil 2021 para recomponer el equipo, hacer cambios y operar el milagro de encontrar nuevos jugadores.

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