Salimos del infierno jugando de visita

En 1997, una difícil visita a Barranquilla se convirtió en un gran triunfo.

Daniel Peredo
Lima. - 8 noviembre 2020

Al borde del césped la cosa fue emocionante, a pura piel de gallina. Para no olvidar nunca la imagen de Roberto Palacios, emocionadísimo, gritándole a Alfonso Dulanto, “¡Les ganamos, h…, les ganamos…!” Cerca, Percy Olivares vociferaba: “¡Sí podemos m…, sí podemos…!”

Oblitas, sepultado por su cuerpo técnico, haciendo un pedido en medio del tumulto de abrazos: “a ellos, a ellos hay que felicitar…” Juan Reynoso era uno solo con Pepe Soto, el Viejo Balerio con los brazos en alto en señal de misión cumplida. Germán Carty, Miguelón Miranda, Miguel Rebosio, Julinho, Alex Magallanes con la euforia estampada en la cara. Rostros de muchachos que ganaron como hombres.

Ajenos a ese grupo, la caldera de Barranquilla ardía más que nunca y todos reclamaban la cabeza del Bolillo Gómez, quien no fue a la conferencia de prensa pero alcanzó a vociferar mientras se iba a camarines: “No me pregunten nada, estoy muy molesto. Nunca en mi vida vi nada igual, es el peor partido que le he visto a Colombia en muchísimo tiempo. Yo se los dije: si nos quitaban la pelota nos j… Y nos j…” ¡Plaf!, cerró la puerta, cerró la boca.

Edición impresa del 05 de mayo de 1997.

El camarín peruano era otra cosa. Ardía de calor y ardía de emoción. “Bien, muchachos, vamos a calmarnos un poco. Primero hay que agradecerle al Señor”, dijo Oblitas. Y el grupo, como lo hace siempre antes y después de cada partido, rezó una oración ante la imagen peregrina del Señor de los Milagros que va con ellos de estadio a estadio. Fue el único instante en que no hubo gritos y la voz ronca de esos muchachos en coro emocionaba en su plegaria. Luego siguió el disfrute de una alegría que venía haciendo mucha falta, una alegría que era una revancha a tanta mala suerte, a tantos instantes que pudieron ser y no fueron.

Que este equipo es bueno y que ha tenido mala fortuna en más de un encuentro, lo reconocen los rivales. Mientras los peruanos festejaban, en la redacción del diario El Espectador el periodista colombiano Rodolfo Bello escribía una nota inteligente bajo el título “¡Qué ganador tan justo!”, en la que decía, por ejemplo: “Perú es un equipo bien trabajado en todas sus líneas. Presiona hasta la saciedad, tiene un estado físico excelente. Sólo tiene un defecto – y bien grande – no define bien. Este Perú se asemeja mucho a Colombia en los comienzos de la era Maturana-Gómez, que gustaba mucho pero era el equipo que conseguía los resultados acordes con su trabajo en la cancha”.

Esa nota tuvo algo más, algo que cierto sector de peruanos debiera reconocer en nombre de la justicia para un hombre clave en este proceso: “Pero por sobre todo, el equipo inca tiene un señor técnico: Juan Carlos Oblitas. Anoche dictó cátedra de táctica en el Metropolitano y por eso merecidamente se llevó los tres puntos”.

Un retrato preciso que alienta justas esperanzas porque este Perú ha venido de menos a más, está encontrando su identidad, mejorando partido a partido y, lo que es más importante, empieza a mostrar algunas piezas de recambio. Carty fue un ejemplo de ello. Suplió a Maestri dando muestras de disciplina táctica, impensable hasta hace poco; y aunque no lució, cumplió su estratégica misión de impedir la salida de los centrales colombianos.

¿Cómo fueron las horas anteriores?, ¿cómo estuvo el ambiente previo?

Miércoles por la mañana

La temperatura del ambiente rondaba los 35 grados y la piscina del hotel – toda una belleza – era más que una tentación para cualquier mortal que se encontrara en Barranquilla, capital de la costa atlántica, ciudad de gentes cordiales y alegres, plagada de parlantes en las calles con todo el sabor de la salsa y dueña de un plato espectacular: el arroz trifásico, una peculiar mezcla de arroz, mondongo, carne y camarones.

Mientras tomaba desayuno, el DT de la Selección Nacional hojeó la primera plana del diario El Heraldo, en la que aparecía Anthony de Avila arrodillado y con las manos juntas, en posición de rezo. El mensaje era evidente: “Que Dios nos ayude”. Si bien es cierto que Perú, hoy por hoy, no tiene un gran poderío, los locales – prensa, comando técnico y jugadores – respetaban al combinado nacional, aunque el temor se disfrazaba de autosuficiencia, pues consideraban que la victoria no les podía ser esquiva.

Juan Carlos Oblitas se quedó pensando en aquella fotografía. “Ahora le piden a Dios ganar un partido, quién lo diría…” E inmediatamente recordó las palabras de Hernán Darío Gómez, seleccionador local, días antes del partido. El Bolillo, traicionando un poco la filosofía inculcada por su maestro Francisco “Pacho” Maturana, había dicho que “este partido lo tenemos que ganar sí o sí”. Dos derrotas consecutivas – Argentina en propia casa, Paraguay en Asunción – transformaron el pensamiento de Gómez, y terminó trasladando sus dudas a sus pupilos.

Oblitas, cerca del mediodía, se encerró con todo el plantel en uno de los salones del lujoso Hotel El Prado, situado en la calle 70 de la exclusiva y residencial Zona Norte de la ciudad, y empezó la charla técnica. Fueron tan sólo diez minutos. Luego, el grupo se dispersó; algunos subieron a sus habitaciones, otros dieron una vuelta por la piscina, donde los mandamases del fútbol de ambos países, don León Londoño y don Nicolás Delfino, conversaban amablemente. ¿Qué les dijo el Ciego a sus dirigidos?

“Muchachos, vamos a encarar el partido tal como está previsto. Cada uno sabe cuál es su función y confío a muerte por ustedes. Pero tengan presente algo: Colombia no es el cuco de antes. Vamos a jugar con respeto hacia el rival, pero sin miedo. El fútbol colombiano ha mejorado muchísimo, pero no tiene títulos internacionales. Acuérdense de la última Copa América; quedaron cuartos. Lo mismo en la Copa Libertadores, han ganado una sola y hace casi diez años. Repito: respeto sí, pero no hay que ir más allá de eso. Ellos están heridos, vienen de dos derrotas y si hay un momento para sacarles puntos es ahora. No antes ni mañana, hoy, esta noche. Vamos, estoy seguro de que no perdemos, si jugamos concentrados y les quitamos el balón vamos a ganar. Métanse eso en la cabeza”.

Tamaña inyección anímica – nada alejada de la realidad – se metió en cada poro de los integrantes de la Selección. Si bien las apuestas no nos favorecían – seis a uno en contra -, los nuestros estaban dispuestos a todo para recuperar los puntos cedidos en Lima y dar el mensaje de alerta a Chile, Uruguay, Ecuador y Bolivia – rivales directos, con los que vamos a pelear el cuarto cupo ­­­­-.

Archivo revista impresa ONCE.

Miércoles por la tarde

En tanto, el clima en la otra vereda era muy distinto. La Selección Colombiana, concentrada en el Hotel Dann, era una casa abierta. Jugadores, periodistas y vendedores se cruzaban en el lobby como si estuvieran en una fiesta. En el lugar había seguridad, pero, al parecer, no tenían orden de detener a nadie. Barranquilla preparaba una fiesta – el salsero Galli Galeano tocaba la noche del 30 de abril; parece que la cosa fue algo familiar -, pero en el lugar de concentración de los locales parecía que se adelantaban con los festejos.

Días antes, Hernán Gómez no ocultaba su satisfacción por la ausencia de José Luis Carranza. El Bolillo no se guardaba nada, y afirmaba que “el Puma es un h… de p…, acá los jugadores le tienen miedo”, y manifestaba que también su alivio por la renuncia del Chemo Del Solar a la Selección Peruana, no sin dejar de echar leña al fuego, diciendo que conocía perfectamente los motivos de la renuncia del jugador del Celta español: “A mí me han contado todo”.

Miércoles por la noche

Al finalizar el partido, entre la cancha y el hotel los barranquilleros vieron pasar un bullicioso autobús que contrastaba con la bronca que llevaban a cuestas rumbo a sus casas. En el hotel, las celebraciones fueron a puerta cerrada. Algo íntimo, como la conversación que tuvo Juan Carlos Oblitas con Vicky, su esposa, a eso de la 1 y 30 de la madrugada del jueves 1º de mayo. “¿Viste?, ganamos. Te dije, acá no perdíamos… Sí, sí, los chicos la rompieron, todo salió como estaba planeado… Ya, ya… más tarde conversamos en Lima… Sí, te estoy llevando tu café, no te preocupes… Un beso.”

Quieto el teléfono de la habitación 341, el Ciego se unió al grupo. Pidió un whisky en las rocas para empezar a calmar el ánimo, bromeó un poco con el grupo y luego se fue a dormir. “Ya mañana pensaré en Argentina”, murmuró y echó a andar el sueño siguiente, ése que todos tenemos, que tiene fecha, 8 de junio, y acaso pueda ocurrir. Como esta alegría que la veníamos deseando y la disfrutamos con toda el alma.

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