Vladimir Popovic, el extranjero

Fue DT de la selección entre 1992-1993, años duros con crisis económica y terrorismo. Vino a trabajar pero fue cuestionado sin pausa por una prensa caníbal. Aquí un perfil del personaje.

Vladimir Popovic. Foto: MN Press.
Umberto Jara
Lima - 16 agosto 2020

La noticia llegó desde la ciudad de Belgrado. Vladimir Popovic falleció a los 85 años de edad. Fue técnico de la selección peruana en una etapa en que el fútbol peruano se empezó a refundar con el impulso del dirigente Francisco J. Lombardi. Tiempo arduo en que entraron en colisión el proyecto de profesionalizar el fútbol con un sector de dirigentes acostumbrados a la informalidad y en medio periodistas formados en la criollada que se convirtieron en feroces críticos de jugadores que recién asomaban —el Chorri Palacios 20 años, Flavio Maestri 19 o Jorge Soto 20—  y a quienes exigían resultados como si fuesen jugadores con experiencia.

El director técnico de esa etapa fue el serbio Vladimir Popovic. Era demasiado ordenado y profesional para el Perú. Demasiado exigente para un país que hace las cosas olvidando el largo plazo. Era un entrenador de mediana categoría pero lo golpearon sin argumentos los que viven de inventos. Sus días en el Perú pudieron ser mas difíciles en el agitado ambiente que le tocó vivir. Lo ayudó a contener el vendaval de los críticos su asistente técnico Juan Carlos Oblitas, un hombre inteligente que a sus 40 años había aprendido a lidiar con las injusticias de ese tiempo. Este perfil de Popovic fue escrito antes de la Copa América de 1993. Así era y así pensaba este hombre dedicado al fútbol y que esta semana concluyó su largo partido terrenal.

Popovic acompañado por Juan Carlos Oblitas en conferencia de prensa.

Está  sentado en la fila siguiente en este avión silencioso. Es el único que ha prendido la luz de su butaca. Todos duermen. El anota en una computadora personal todos los datos del partido. Hace unas horas el seleccionado peruano ha sufrido una ajustada derrota ante la selección argentina en Buenos Aires. En el charter que ha partido a la medianoche de Ezeiza, todos duermen. Cansados y tristes. Este hombre está trabajando y lo hace tan atento que no se percata de que uno está espiando su concentrada labor. Es inevitable pensar: este hombre se ha equivocado de país.

Parco y amable, hace unas horas ha dicho en privado que le duele la derrota por los jugadores. Le preocupa que el partido recién tenga que terminar en Lima cuando la prensa chillona lance todos sus epítetos impresos en esas páginas afanadas en agraviar a un grupo de muchachos que dejaron todo lo que pudieron en el césped del Monumental de River. De nada valdrá que los argentinos hayan terminado comiéndose las uñas y pidiendo la hora quince minutos antes del final. Queda todavía pendiente el escarnio de los pasquines. Pero este hombre, en este avión, no prepara un discurso para la conferencia de prensa de llegada. Está anotando, en esta madrugada, en el aire, todos los datos correspondientes a cada jugador. Tiene un archivo para cada uno y los va llenando con total prolijidad. ¿Sabrá que ese profesionalismo no se entiende en el Perú?

—Los tomates son una buena razón para vivir en Lima —dice y sus ojos tienen un brillo de gozo—. Seguro a ustedes les parece una tontería esta opinión. Si vivieran en mi país me entenderían. Allá los tomates apenas se pueden comprar durante dos meses y no son tan ricos. Aquí existen todo el año y en cualquier esquina.

Sonríe complacido en la oficina que la Comisión del Seleccionado le ha acondicionado. Tiene una hermosa traducción para la horrible palabra currículum: “mi hoja de vida”. Esa hoja de vida deja constancia de que el yugoslavo Vladimir Popovic fue un destacado jugador de fútbol que participó en los mundiales de Suecia ’58 y Chile ’62 representando a su país. En el Mundial del ’62 fue considerado como uno de los 22 mejores jugadores del mundo. Durante quince años jugó 502 partidos en el legendario equipo Estrella Roja de Belgrado y como entrenador trabajó varios años en Colombia, logrando campeonatos y subcampeonatos con  el Deportivo Cali, El Nacional y el Medellín. En 1991 se consagró Campeón de Clubes de Europa y Campeón Mundial Interclubes al mando del Estrella Roja de Belgrado.

Estrella Roja, Campeón de Europa en 1991.

Ahora su país está en guerra. Tal vez por eso él sabe mucho más el significado de saborear un tomate en una ciudad en la que existen ciertas gentes que le organizan día a día una guerra particular que no alcanza a comprender, porque no sabe que en el Perú está prohibido ganar sueldos altos y está prohibido ubicar al trabajo y sus obligaciones por encima de los códigos de la criollada.

—Muchos me vienen a decir: “Profesor yo quiero jugar bien, yo quiero ser figura” yo les digo: “Demuéstralo en el campo”. ¿Qué significa en la vida “yo quiero”? Con palabras nunca se ha ganado nada. Hay que hacer, hay que crecer y hay que sacrificarse. Aquí todos dicen: “Qué bonito, mañana es sábado, vamos a la playa; mañana es feriado, vamos a comer cebichito”. ¿Qué es eso en la vida? ¿Qué es eso en el fútbol? Yo prefiero otras cosas. Si quieren jugar en Europa, hay que olvidarse de todo eso. Si quieren triunfar, hay que pensar que todo está en el trabajo.

Su oficina parece la de un cumplido profesor universitario. Tiene files que documentan todo su trabajo y cada uno de los logros de su hoja de vida se pueden comprobar con los documentos correspondientes que muestra con orgullo. Mientras conversamos ha ido recuperando el buen talante. Llegó muy mortificado pidiendo disculpas por el retraso de cuatro minutos motivado por el tráfico. Pero a diferencia de los peruanos que consideramos ésa como una disculpa cotidiana y aceptable, Popovic se culpa por no haber salido de casa con más anticipación “porque ya aprendí que aquí el tráfico es muy desordenado y debí prevenir”.

Vladimir Popovic como entrenador de la selección peruana de fútbol. Foto: El Comercio.

—¿Difícil país, profesor?

—No. Muy lindo país, gente muy cariñosa. En pocos meses tengo mas amigos que en treinta años en mi país. La gente te abre las puertas de su casa, te atiende, te aprecia.

—¿Difícil, entonces, el mundillo del fútbol peruano?

—Ese sí. Todos opinan con gran facilidad, critican sin analizar. No digo que se supriman las críticas, digo que las hagan pensando. Esta selección es muy joven y, sin embargo, hay quienes quieren que algunos chicos jueguen como Van Basten y no miran que Van Basten tiene más de 40 partidos con la selección holandesa y estos chicos juegan contra equipos de Cerro de Pasco.

—¿Ya no hay figuras?

—No hay. Hay recuerdos. Todavía viven de recuerdos. Siguen hablando de Cubillas, de Sotil, de Challe, de Chumpitaz, de Cueto. Ellos fueron grandes jugadores, pero ya no juegan. Los recuerdos nunca juegan.

—¿Y qué va a hacer usted?

—Trabajar. A eso he venido. Cuidado, yo no soy ningún salvador. No me pidan que solucione todo lo que ustedes abandonaron desde hace quince años. Sólo estoy para aportar todo lo que sé.

Tiene una mirada que deja adivinar la sinceridad y la simpleza. Habla con pasión de su oficio y resume su vida en trabajo, fútbol y familia. Nada mas. Otras cosas no le interesan para nada. Se casó a los 22 años, tiene dos hijos y en los últimos 25 años tomó vacaciones sólo tres veces y afirma que su familia lo entiende. Cuando el mediocampista Mario “Kanko” Rodríguez llegó tarde a un entrenamiento y se excusó diciendo “mi abuela se puso mal”, Popovic le alcanzó una respuesta que anulaba cualquier justificación: “Mis hijos todos los días corren peligro porque mi país está en guerra y usted me habla de su abuelita”. Se refería a la feroz Guerra de los Balcanes.

Popovic dando indicaciones al seleccionado peruano.

—La experiencia me ha enseñado que para obtener algo hay que tener las virtudes del trabajo y la humildad. Y si he tenido éxito como jugador y entrenador es porque siempre trabajé mucho. Siempre tuve los pies sobre la tierra. No me vuelve loco ser campeón y tampoco me vuelve loco quedar último. Pero siempre quiero ser campeón y nunca quiero estar último. Cuando gano, pienso en las razones por las que gané para no olvidarlas; cuando pierdo reviso los errores para no volver a cometerlos. Soy consciente de que tengo una de las profesiones más difíciles del mundo porque dependo de resultados. Y no lo digo como queja, porque en eso consiste ser entrenador y yo elegí serlo.

Esta sentado en la fila siguiente. Ha terminado de anotar todos los datos en su computadora portátil y se queda mirando al vacío por una ventanilla que sólo ofrece oscuridad. Tiene una mujer que es graduada en Lengua y Literatura y que habla con solvencia y conocimiento de los escritores peruanos Vargas Llosa, Alfredo Bryce y Martín Adán. El profesor Popovic hasta en eso es muy ajeno a este país. Demasiado extranjero en una ciudad que le permite el disfrute de unos tomates y algunos buenos y recientes amigos. Nada más. Después es carnada para mediocres que gritan pidiendo resultados imposibles. Está sentado en este avión y no duerme. Hace unos días, al final de la entrevista, ya en la puerta de su oficina, nos aceptó una última pregunta:

—Cuando usted no está trabajando, ¿qué hace?

—Cuando no trabajo, trabajo. Esa es mi respuesta. No tengo tiempo para otras cosas, salvo para el fútbol.

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